destruir qué

-Javier Román Nieves

The trouble with these people is that their cities have never been bombed and their mothers have  never been told to shut up.

C. Bukowski

Todas las pestes y las plagas para los que duermen en paz.

A. Pizarnik

La realidad volvió a explotarnos en la cara y el escenario internacional apunta a que nos tocará vivir cada vez más a la merced de sus sorpresas. La tragedia sin fin en Orlando ha sido la más reciente; inimaginable, despiadada, cruel hasta el tuétano y prolongada tanto en su agonía, como en el dolor propio y ajeno que sigue destilando con cada día que pasamos internalizándola (o pichándole).

A la vez, surgen múltiples instancias de otras tragedias que, a diferencia de esta, no se precipitan con el asombro de un acontecer o un titular de muerte, sino con el lento transcurrir de hechos aislados pero interconectados, paulatinos pero consistentes en su sistemático socavar de todo lo que una vez creíamos que eran las cosas y su relación a las palabras.

En prácticamente todo ámbito de nuestro existir, el lenguaje y lo que nombramos ya no corresponde a lo que vivimos.

Este distanciamiento entre el mundo y nuestra capacidad para pensarlo, entenderlo y comunicarlo se venía asomando desde los tiempos del Gobernador Luis Guillermo Fortuño Burset. Aquella tarde de junio frente al Capitolio, las lágrimas forzadas por el gas que disipó la juventud que nos quedaba (después de Obama) han venido a ser premonición de la debacle que poco a poco nos ha tocado vivir (cristal de carro roto por la macana de la Fuerza de Choque).

Lamentablemente, tanto la naturaleza paulatina como la virtud escurridiza de estas realidades hacen que se nos escapen de las manos. A esto se une la incapacidad latente de nuestra acomodada clase intelectual por pensar y traducir nuestra miseria, quedada en el hoyo de tierra de la metáfora vaga o enajenada en el salario fijo de la cátedra universitaria. Con contadas excepciones, la lucidez no ha estado disponible y la justicia social columnera del periódico no es suficiente.

A lo largo de estas columnas trataremos de contribuir a destruir algunos de los discursos que ocultan nuestro paso por este rincón del mundo, en este tiempo que nos ha tocado vivir, en medio del desastre. ¿Destruir qué? Muy sencillamente: los discursos alrededor de nuestra ideología, aquella envoltura de imaginario siempre moldeable al Estado Libre Asociado y a la alucinación colectiva que ha construido su triple delirio, a saber.

El primero, es el sueño de que existe una Tierra Prometida Latinoamericana que nos espera con los brazos abiertos, una media naranja que nos fue prohibida y que debemos aspirar completar a priori, porque así siempre debió ser.

El segundo, es aquella ilusión de que los Estados Unidos de América son una especie de Disney hecho país, es decir, una paraíso de ilusiones sin fin donde podemos extender a toda una vida la felicidad de una vacación.

El tercero, es la visión (de cada vez menos gente) de que el Estado Libre Asociado es todavía una definición territorial relevante, una opción no solo a tono con nuestros tiempos, sino una que aún promete acomodar y cumplir con nuestras necesidades actuales y futuras.

De manera que estaremos demoliendo este triple despliegue de la ideología puertorriqueña y describiendo quizá por vez primera una posible cuarta ilusión, no menos cegadora que las anteriores: aquella de que ya entramos en una zona sin retorno, en una especie de postcapitalismo donde toda ilusión se desbaratará por sí sola y donde florecerán todos nuestros sueños (y emprendimientos) porque sí.

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Foto por Javier 

2 comentarios en “destruir qué

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