plancito para el nuevo año académico

-Beatriz Llenín-Figueroa

Earth is floating on the waters like a big island, hanging from four rawhide ropes fastened at the top of the sacred four directions. The ropes are tied to the ceiling of the sky, which is made of hard rock crystal. When the ropes break, this world will come tumbling down, and all living things will fall with it and die. Then everything will be as if the earth had never existed, for water will cover it. Maybe the white man will bring this about.

(Fragmento de mito Cherokee, “Earth Making.” Tomado de American Indian Myths and Legends. Eds. Richard Erdoes and Alfonso Ortiz. New York: Pantheon Books, 1984.)

Cuando la cosa se pone tan pelúa como ahora, una contempla cualquier criatura que no sea humana y desea volverse como ella. Un mosquito, por ejemplo. Me espachurrarían de una vez y no a cuentagotas, pero no sin antes haber chupado yo un poco de la sangre de quienes se la chupan al país a toda hora. También podría, por un tiempito, vivir en plantitas muy bellas y coloridas, como las bromelias. Y también podría volar.

Que no salten a gritos las biólogas ni las filósofas. No idealizo los mundos no humanos. Sé que allí también hay jerarquías severas, muertes tristes, luchas encarnizadas por vivir. (También sé que los mosquitos chupan sangre indiscriminadamente.) Pero lo que no puedo comprender, ni defender, es la inversa idealización de la humanidad como grancosamaravillosa que, a pesar de los pesares, ha sido, “en el último análisis,” buena para sí y para el planeta. Me niego también a estudiar su historia de manera prospectivamente justificatoria, diciendo cosas como, bueno, si no hubiera pasado lo que ha pasado, no estaríamos aquí.

Mas me temo que eso se hace mucho en nuestra educación institucional, porque no son pocas las ocasiones en que, hablando raitrú de la esclavización y colonización de las Américas en mis cursos de “civilización occidental,” lxs estudiantes rebaten mi énfasis en la imponderable violencia fundacional alegando que no estaríamos –ellxs ni yo– en el salón si así no hubiese sido. Horror de horrores. A mí no me entra en la cabeza. Entonces hago despliegue de lo que a ellxs seguro les parecerá pensamiento suicida en gravísima necesidad de atención siquiátrica: es que yo no necesito vivir; no quisiera haber nacido; preferiría mil veces no estar aquí si eso de alguna manera hubiese evitado tanta desolación; no tengo ninguna gran confianza en mí como ente en la historia, como necesidad para el cosmos; soy insignificante; no puedo justificar con una vida tan mísera –como la mía, como la de un mosquito– lo que le ha pasado a millones de vidas de toda especie.

Los ojos de mis estudiantes se entornan, a la vez incrédulos y escandalizados. Vivimos en un contexto donde la superioridad de (ciertos ejemplares de) la especie humana y su reproducción es una sacralidad tan absoluta, incuestionable y deseable, que los anuncios para prevenir el zika terminan con un dramático voiceover exclamando, “y todo, por él,” mientras la imagen muestra un bebé en cuna (¡con mosquitero, por supuesto!) junto a una pareja perfectamente heterosexual mirándose con clichosería televisa. No nos cabe duda que es una composición de altar. Es decir, prevenir el dolor por una enfermedad es un asunto devocional y con ránkin. Este contempla solo dos posiciones: primero, el hombre (“él”) futuro; segundo, aquellxs que, vivxs y presentes, quieran y puedan reproducirse acorde con la convención establecida. ¡Que los mosquitos hagan fiesta con todxs aquellxs que no quieran, o no puedan, reproducirse según la norma establecida!

Así mismito fue en las colonias esclavistas de todas las potencias europeas en el trópico. Todos los cuidados ante enfermedades de transmisión vía mosquito, del mismo modo que todas las fuerzas desatadas de genocidio, explotación y acumulación, fueron en nombre del “él” heredero de las riquezas y del grupúsculo de gente vivita y coleando que, ayer como hoy, tuviera una “vida útil” según la norma establecida. ¡Que los mosquitos (y las armas) hagan fiesta con lxs que estaban allí primero, con lxs esclavizadxs, con los bosques, las playas, los ríos, las tierras, las criaturas todas que estorben el altar del capital!

No, no y no. Nada que vale la pena puede entenderse en clave de utilidad, según el ránkin de lxs escogidxs. Hacerlo ha constituido el triunfo más apabullante de la lógica capitalista. Con gran esmero empresarial, lxs escogidxs han levantado la exitosa compañía “El Despeñadero de Hoy, Inc.,” a cuya cabeza se encuentra un CEO de nombre “White Man,” criado en cuna con mosquitero. “Todo por él.”

Estudiar, aprender, conocer con el objetivo de una “vida útil” ha sido y sigue siendo sinónimo de destrucción, explotación y asquerosa soberbia humana. Aprender algo, de veras, no sirve para el mercado, el empresarismo, el conocimiento técnico y práctico que el capital equipara a “la vida real.” La vida real es absoluta e incuestionablemente inútil. No hay utilidad en el amor. Ni en el asombro ante una constelación. Ni en el arrobo por un poema. Ni en la belleza del océano. Ni en los ojos del perro que te mira desde la acera.

Mientras nos dure cada frágil exhalación, una (debe) estudia(r), aprende(r), conoce(r) sobre el arte, la historia, el amor, la literatura, los océanos, los animales todos, para ahondar aún más el misterio de vivir, y de morir, en la “Earth [that] float[s] on the water like a big island.” ¿Qué tal un plancito así para el nuevo año académico en el DE y en la UPR?[1]

[1] En sustitución de muchos que circulan con lenguajes así: “Los programas académicos de la UPR deben responder a las exigencias del mercado laboral y al plan de desarrollo económico de Puerto Rico. La UPR debe ser más ágil en el diseño y aprobación de nuevos programas académicos según estos criterios, identificando cuáles deben priorizarse y cuáles reducirse.”

 

Imagen Plancito para nuevo año académico.jpg
Foto por Ricardo Arduengo, modificada.

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