para eso, la mesa vacía

– Ariadna M. Godreau-Aubert

Acá algunos puntos a modo de introducción contexto.

(1) No tengo talento para las interacciones íntimas. La primera vez que compartí un café a solas con una amiga fue hace un par de  años atrás. No recuerdo con quién fue. Lo recuerdo todo como una escena a través de circuito cerrado. Llegamos a tiempo. Nos abrazamos. No quería soltarla aunque sí. El café tardo diez años en llegar a la mesa. Estiré el café lo más que pude. Dije dos o tres cosas con prisa. Inventé que tenía un almuerzo con otra amiga. Salí corriendo y en el carro me eché a llorar. No dormí bien.

(2) Mi relación con la comida siempre ha sido difícil, atravesada por inseguridades, fobias, sobrepeso, desórdenes alimenticios, bajopeso: el comer y no comer. Ahora está atravesada –literal y metafóricamente- por una obsesión por las mesas.  Tengo algunas citas sobre mesas pero no las incluyo aquí porque las reservo para un paper sobre el haber compartido. Hace casi diez años dejé de beber.  Todavía prefiero sentarme lado a lado a la mesa, como si compartiéramos en una barra. Si no me encuentro a la gente para comer, la mayoría de las veces termino no encontrándomela. Prefiero la comida de casa a cualquier otra.

(3) Aprendí a cocinar cocinando para mi compañero. Lo primero que compramos cuando nos mudamos fue un reloj para el horno en forma de gallina. Nos costó $3.99. Luego compramos una Kitchen Aid roja, en combinación con la cresta de la gallina. La compramos a descuento y con ayuda celestial. Nos costó $240. El primer arroz que le hice flotaba bajo una pulgada de agua y estaba durísimo. Lo último que cociné fue una pasta cualquiera. En ambas ocasiones se lo comió todo, dijo que estaba riquísimo y me agradeció. He hecho galletas y cupcakes para sus estudiantes. Quisiera cocinar para un niño.  Soy adulta. En casa siempre cocinó papi.

(4) Cuando quiero impresionar a cualquier persona, saco la olla más grande y pongo a hervir agua con sal. Busco encima de la nevera  y saco mi libro de Cocina Criolla de Valldejuli. Este acto igual funciona para cocinar o hablar de política internacional. Si la cosa se pone compleja, repito la acción y balbuceo palabras inventadas mientras paso con prisa las páginas del Libro Rojo de Betty Crocker o Puerto Rican Cookery, otra joya de Valldejuli. Mi suegra me regaló una copia de “Cocinando desde Fortaleza” de Kate Donnelly (de Romero). Juntos compramos Juntos en la Cocina. Platos que he cocinado utilizando estos libros: mangú, pan de maíz, asopao, el arroz blanco. Cien años después, frente al pelotón de fusilamiento, Valldejuli desplaza a las escritoras más ilustres del País. Gracias por tanto.

En este país-casa nadie habla nunca del hambre. No en primera persona. Desde aquí hablo de nosotras o de otras como si estuviera hablando de mí. Hablaré en primera persona plural como quien esquiva un balazo a cuenta de la paz de otra.

En la lucha contra el colonialismo – de adentro y de afuera- hablamos y construimos sobre la necesidad de la agricultura, la seguridad alimentaria, la autogestión y el mantenimiento. Nos oponemos a los insecticidas, a las cenizas y a las leyes de cabotaje que nos envenenan y privan. Estamos en el bloqueo. Algunos gestan para alimentar solidariamente. Concebimos la precariedad inducida. Defendemos el hambre de quienes roban comida para sí y para sus crías, de quienes son criminalizadas cuando sacan una tarjeta de la familia para pagar la compra y de las que son atacadas por comprar comida a descuento en multinacionales. Atrás quedó el hambre de dios, el hambre existencial, el hambre metafísica. En estos tiempos el hambre es en arroz y habichuelas, chuletas, productos del chef Piñeiro y plátanos. La canasta básica de alimentos, como medida del bienestar individual/familiar es una burla en un país donde las mujeres balancean dos o tres trabajos a tiempo parcial, con salario mínimo, para alimentar a dos o tres críos o viejos. El hambre es el peso de 7.25 (o 4.25, un día cualquiera). El acto de una que transgrede la ley para alimentar a su familia es el acto de todas. El hambre, desde nuestros espacios, es siempre colectiva y política. El hambre es violencia. La lucha es nuestra.

Entonces nosotras las feministas. El feminismo raunchy que nos mantiene vivas nos libera para hablar sobre la violencia en los “espacios privados”, sobre la agresión sexual, las violaciones y el aborto. En términos generales, nos agencia un vocabulario y una acción para decir, por ejemplo,  “soy sobreviviente”, “me violaron” y/o “yo aborté”. Escribo esto a sabiendas de que no todas podemos decir y mucho menos accionar y que tantas otras han dicho y accionado para que nosotras podamos hablar y hacer. Algunas podemos decir y trabajamos para que otras digan.

Me fijo en las cosas que aún no podemos decir con la boca de comer y de comernos al mundo. Regreso al hambre.

Con una compañera discuto todo lo que dice sin decir una mamá que responde a la pregunta de qué-hay-para-comer con “comida”.  Somos feministas, de las raunchy-rabiosas, su nene aún está en la escuela y tenemos tiempo extra para un segundo café. De las  galletas export sodas con mantequilla salimos y hacia el chef boyardee fuimos. El arroz blanco de todos los días, la mano meneando la olla, la sal. Hace falta hablar del hambre en nuestras casas, de nosotras y el hambre. Entre tanto, decíamos que:

(1) Nuestras familias son trabajadoras, sobrevivientes, magas. En casa no faltaba la comida per se [cualificar es temer]. La oferta se decidía en los shoppers de los miércoles. El Cocina Criolla, que se caía en pedazos cuando lo meneabas mucho, era plataforma para inventar. Pueden salir conversaciones infinitas de las siguientes imágenes cotidianas: arroz blanco con salchichas/huevo frito/corn beef/el pescaito desmenuzado ese que venía en latitas y tenía unos huesitos redondos que masticabas y se disolvían/chef boyardee y néctares goya congelados en la lonchera, envueltos en servilleta y aluminio (si había y como doble protección contra todo mal), que terminaban derritiéndose y haciendo del panky una masa de extraña definición. En la nevera, pan especial y queso de sándwich. Mantequilla, pero no siempre. ¿Providencia en la carencia? No tenemos que decir mucho más.  Todos los días comimos a cuenta de que otros y otras lo dejaran de hacer. Mamá. Papá. Ambos. Es un superpoder no comer. Héroes.

(2) Los vegetales son para las fiestas o comidas especiales: lechuga y tomate con aceite y sal. Si es ensalada de papas o coditos, eso ya es otra cosa. Igual si se trata de las viandas. No veníamos de la arúgula, el brócoli, los espárragos horneados con queso parmesano, la berenjena rellena. Somos hijas del maíz en lata y de sus variaciones. Las setas nacen en potes, picadas a la mitad. [Todo menos los vegetales mixtos]. Hablamos de los almuerzos con grupos más amplios y cómo hasta pedir una pizza nos obliga a repensarnos como seres atravesadas por la diferencia de clase/raza/género. Para otros somos “comemierdas”, “picky”. Tenemos que “hacer paladar”, “aprender a comer”. Eso sí, que sea orgánico. Habría que ir a Freshmart o a la Hacienda, aunque ahora hay hasta en Pueblo y Walmart. Trabajar exclusivamente para poder ir. A nuestras familias parece que no les sobraba el conocimiento/tiempo/las ganas para criarnos y también ir allí.  Ese es el problema del país: la inactividad, la obesidad, que la gente no apoya los mercados orgánicos o los restaurantes farm-to-table. Todo eso es obstáculo para la lucha. Pero esto, cógelo suave, es pizza artesanal. Más na. Hoy como más/mejor.

(2ª) De paso, en nuestras casas se desayunaba y almorzaba. La comida de más tarde, era la comida. Cenar es otra cosa. Palabra foránea. Nueva. ¿De adulta?

(3) Pienso en cuántas veces he sido megáfono de las noticias que dicen que las salchichas/papitas/huevos fritos/pollo congelado dan cáncer. He torturado a la vieja que hace compra como puede  para alimentar a cinco, a seis o a los que lleguen. La narrativa es perversa. La comida X da cáncer. La señora sólo tiene dinero para comprar X. La señora es agente cancerígeno también. Mi amiga coincide. Hizo compra ayer y cuando llegó a su casa en las redes sociales compartían una lista de productos monsanto, llamando al boicott por la “salud de los tuyos”. La lista parecía sacada del shopper del miércoles. La mayoría de los productos que compró aparecen en esa lista. Me mira culpable y rabiosa. Hambrienta. ¿Mami da cáncer?

(3ª) En los mercados orgánicos o timbiriches similares no aceptan la tarjeta de la familia. Sí la aceptan en los restaurantes de comida rápida.  Comer y que te maten por comer comida que mata o no comer para poder comer la comida que no mata. Para sembrar lo que te comes necesitas un dónde. Ambas crecimos en apartamentos con espacio suficiente para sembrar recao y sábila (hasta que crecía y había que regalarla para que no se quedara con la sala). Pensamos en combinaciones posibles de recao con sábila (cero) . Encontramos poca gente dispuesta a intercambiar pollo/huevos/otros víveres por manitas de recao y hojitas picúas de sábila. En los residenciales los huertos no están permitidos. Con la crisis, cada vez más gente vive arrimá, que es decir toda junta, sin espacio. Esta es una nota sobre políticas públicas y de la delicadeza de los discursos acerca de la salud y la autogestión.

(4) La comida no es sólo la comida. Se necesita una nevera y fregadero y con eso electricidad y agua. En la Universidad me fascinaban las miradas apologéticas de quienes, viendo documentales sobre la pobreza urbana en el país, se preguntaban cómo vivirá esa gente  que hasta les cortan la luz o el agua. Uno levantó la mano y contó como –haciendo la salvedad de que fue un error o un problema de construcción, no recuerdo- estuvo tres días con sus noches sin agua, luz o cisterna. Al final lo aplaudieron.  Hay otras mil conversaciones que pueden salir de la imagen de una mamá cargando un cubo o buscando una extensión.

El resto del rato compartido lo invertimos en trazar una pequeña agenda de qué quisiéramos decir si se hablara del hambre. [Usamos una servilleta, porque este feminismo raunchy también insiste en las metáforas. Al final la servilleta se perdió y lo que queda aquí es lo que recuerdo o que, quizás, también quise decir].  Algo como esto:

El hambre propia  es también un tema de raza, clase y género, que se disuelve en conversaciones teóricas/políticas/económicas/a partir de una otra, que le rodea una vergüenza translocalizada y que pulsa por ser atendido. Estamos dispuestas a enseñar nuestras heridas, carencias, resistencias, rabias, quitarnos la ropa si es necesario. Pero no, no abrimos nuestras neveras ni las loncheras de nuestros hijos. A veces pienso que me creo una crista caminando sobre el agua y que quiero llegar de la opresión a la intuición y de ahí al otro lado, sin mojarme. Hablar del hambre es como sumergirse y tocar un espacio que preferiría no tocar pero que lo exige. Hambrear.

De ahí que de un tiempo para acá comienzo talleres o conversaciones con mujeres hablando sobre la comida. A veces traigo la imagen de mami gritando que “lo que hay es comida” o “esto no es restaurante” y otras hablo de tirarle unos maíces de lata por encima al arroz blanco. Es casi mágico cómo lo cotidiano es puente para discutir, desde un espacio más personal, la violencia, la rabia pero también el apoderamiento y el reconstruirse. Las conversaciones más maravillosas que he tenido en los últimos meses han sido alrededor de mesas vacías que llenamos con nuestras memorias – las memorias de las viejas, vivas o transmutadas- , y proyectos culinarios inventados sobre la marcha. Del hambre a la inventiva nos descubrimos como mami pero nosotras [yo]: poderosas, héroes.

Así, también tengo una amiga que quiere hacer un libro de cocina con las recetas de sobrevivientes. Otra quiere hacer un corillo para construir una mesa que llegue de Rio Piedras a Santurce. Mi mamá hace los mejores flanes del mundo y mi papá es el rey del arroz blanco. Alimentan a cinco, a seis o a los que lleguen. Todas podríamos llegar un día.

Ando en Oxford. Estudio bastante y camino más. Escucho a la gente – algunas de paso como yo- hablar de cómo la comida viene a morir a Inglaterra. Se quejan, entre otras cosas, porque la oferta de vegetales frescos podría ser más amplia o porque la leche descremada debería venir en envases más grandes. Aún con el cambio, hicimos una compra – incluyendo setas crudas, por primera vez y retando toda lógica botánica internalizada- que costó casi la mitad de lo que hubiese costado en cualquier supermercado de puerto rico. Igual sucede cuando vamos a un café a almorzar. Vegetales y alimentos frescos – never frozen, dicen. Pienso que si aquí viene la comida a morir, puerto rico es un limbo inasequible y condenatorio. Regreso a mi amiga. ¿Mami da cáncer?

Mientras escribo este artículo, me salto una comida con un grupo de personas que trabajan por los derechos humanos desde distintos espacios y países. Hay algo de compartir la mesa para hablar sobre intervenir en el hambre de otras que me da escalofríos. No es que no lo haga, pero lo advierto y lo evito. Ante eso, prefiero el hambre, la mesa vacía. Aunque sea en la palabra.

abandoned_cart2.jpg
Tomada de internet. Modificada.

Un comentario en “para eso, la mesa vacía

  1. Hay hambre de cambio, y las opciones en el menú no apetecen.
    Huelga de hambre.
    No votar en estas elecciones.
    También hay mucha hambre de la de verdad.
    Qué tal si de aperitivo nos lxs comemos vivxs.
    Después de eso, nos comemos el mundo.

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