lo que no se dice

-Guillermo Rebollo Gil

Para Manuel y Miguel

El juez sale de sala una segunda vez, “dile a mi hermano que puede entrar.” Se había asomado unos minutos antes al pasillo para fomentar, y preguntar, sobre el progreso de las conversaciones entre las partes. Es una demanda de entredicho permanente. GFR Media interesa que una muchacha no pueda protestar en sus instalaciones nunca más.

Dos semanas antes le escribí a más de una decena de mis columnistas favoritos con la petición de que abordaran el tema en las páginas de El Nuevo Día. La mayoría optó por no hacerlo. Publicaron, en vez, duras denuncias contra la Junta y nuestra situación colonial. A un compa que sí lo hizo le censuraron el escrito.

La columna, en parte, trataba de cómo emplazadores armados se aparecieron en el Campamento contra la Junta y amenazaron a manifestantes. No se hacía mención, sin embargo, de los emplazadores que día y noche persiguieron por espacio de tres semanas a otro compañero en el carro. El compañero viajaba con su hija de 5, 6 años.

¿De qué escribe un columnista cuando sus editores le hacen explícito de qué cosas no puede escribir no importa qué? En particular, ¿de qué vale denunciar la colonia en El Nuevo Día si no puedes acusar a GFR Media de colonialista?

Yo no entré a sala porque el juez es mi hermano. O más bien, porque de hermanos no tenemos más  que el primer apellido y no quería que mi presencia pesara en su ánimo al momento de decidir. El abogado me comunicó la autorización del juez y yo pensé en lo inútil que resulta denunciar los abusos de poder en la isla sin nombrar a las familias más poderosas de la isla para, a lo menos, resaltar su patetismo. Aproveché el permiso de su señoría para buscar un café.

Afortunadamente, un colega sí logró publicar una columna de protesta contra el periódico, solo que sin mencionar al periódico. La colu termina así: “Quejémonos de la inmadurez política del País; quejémonos también de una prensa niñera en tiempos de lucha adulta.” La lucha adulta de que emplazadores armados amenacen a chamacxs en el Campamento, o de que escojan perseguir a un manifestante precisamente cuando anda con su niña en el carro. La lucha adulta de que una corporación  una familia controle la industria de los medios en el país y tenga a bien sacudir el esqueleto judicial para impedir que quienes menos pueden se manifiesten en su contra, sin tener que rendirle cuentas a la ciudadanía que supone informar. La lucha adulta, también, de que nuestros columnistas favoritos escriban sobre cualquier cosa menos aquello sobre lo que sus editores no les dejan escribir no importa qué.

Pienso que la adultez de la lucha recae en la urgencia y la gravedad del no importa qué.

Por otro lado, importa el Campamento. Importan quienes se atreven a escribir a su favor, en contra incluso del medio para el cual escriben. Importa, sobre todo, la hija del compa. Importan los nombres e importan los apellidos.

Esta colu ha sido traída a ustedes gracias a los Ferré Rangel y los Rebollo.

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Por Ariadna, para Guillermo.

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