29 minutos

-Ariadna M. Godreau-Aubert

El viernes 30 de septiembre la Junta de Control Fiscal tuvo su primera reunión abierta.  Lo de abierta va en itálica, por eso de transmitir, Nueva York, el inglés, el libreto, la transparencia, la colonia, la dicha, todo. La unanimidad es la celebración de la memoria de quien no necesita apuntador para evitar equivocarse: decir sí entre los mismos y no sólo ante las otras. Aye. Nay. La sorpresa es verlo todo pasar como si fuera la primera vez – en televisión, por internet, desde las oficinas o las protestas- a sabiendas del libreto. La astucia es indignarse en el momento preciso y no saltarse ni una oportunidad de abalanzarse contra los bonistas, el gobierno, las pobres, el País, todos.  Aye. Nay.

 En 29 minutos escogieron presidente y se repartieron el botín. Sobre lo primero, unas coordenadas acerca del lugar y el poder. Cuñado de Pierluisi. Blanco, muy blanco. Inglés perfecto y español, sí cómo no. Derechito y con corbata. De chavos. Un Carrión. Heredero™.  Sobre lo segundo, la toma de lo que cada vez nos pertenece menos: el fondo general, las corporaciones públicas – quebradas o no-, los fondos de retiro. Acá una nota sobre la arbitrariedad de la indignación, que sería un error en el libreto si no fuera porque la ensayamos con tanta frecuencia: entre tanta instrumentalidad una canta la canción de la desesperanza para la más que le duele. Las cooperativas. El retiro. La universidad.

En perfecta sincronía con el cierre de la reunión – o quizás antes-, el nuevo día cambió su primera plana digital para anunciar que la Junta acababa de asumir el control total del País.  Tomó menos de 29 minutos echar a un lado la insistencia en decir “supervisión” y “fiscalización”, para comenzar a llamar las cosas por su nombre. Hay una sensación de rapto en el ambiente. En la medida en que avanzan los días – y se hace más evidente el poder de la Junta y del hambre que traerá – menos dicen sentirse salvados.  29 minutos en 524 años es tan poco.

“Se lo llevan todo, chica, se lo llevan todo” dice mi compañero citando a la mala el personaje de otro compañero.  Algunas claman por descolonizar el alma. Dicen que tenemos que comenzar el trabajo de adentro hacia fuera y coincido a pesar de que todo eso me huele a los años de mente sana en cuerpo sano y de tus valores cuentan. La cosa tiene que empezar desde una pero la cosa no está para que una sea punto cero y tabula rasa. Hace hambre y sed. Se están yendo. Y no digo física-diaspóricamente. Eso también pero irse así no es todo. Digo irse como van desapareciendosé quiénes ya no encuentran cómo pagar la casa, la comida, las medicinas, el agua.

Una apagaría la luz para irse, pero después del apagón – el de la falta de electricidad y el de la vida en la colonia – jugar a la oscuridad parece algo muy perverso.

El tiempo es un capricho. Una quisiera robarlo pero ni tanto. El 29 de junio en el Congreso federal se aprobaba la Junta. Llevábamos días pegadas al televisor esperando, escuchando, rabiando debates donde se hablaba de la Isla como un espacio anclado en una incapacidad salvaje, inhóspita, malagradecida, tropical e infantilizada para siempre. La cosa no era unánime pero casi. Disentir en la democracia – de las formas permitidas “aye, nay”- es un espaldarazo a un actor que se prepara.

Justo durante la votación, estábamos frente al Tribunal Federal. Habíamos convocado a una manifestación relámpago para tener algo que hacer con las manos, las bocas y los pies mientras nos decidían allá afuera y en inglés. Alguien me pasó un megáfono, repetía lo mismo que estaban transmitiendo por internet. La cosa es ahora. Están pasándolo en tiempo real. Por ahí viene la Junta. 68-32. Teníamos que salir a una vista administrativa.  Camino al carro, alguien se nos acercó para entregarnos flyers sobre una protesta contra el Naled. Le hicimos señal de fastidio y solidaridad. Estuvo de acuerdo y sonrió. Cuando regresamos – ¿habíamos ganado?- ya el Campamento Contra la Junta se había establecido. No nos quedamos a acampar. Me gustaría decir que pasquinamos. Nos acostamos con hambre, agotadas. Esa noche decidimos que nos íbamos y justo ahora es que me doy cuenta de que no nos fuimos nunca.

Una vez hubo otro portón, en esta misma línea. Era la noche del 8 de diciembre de 2010 en la Ponce de León. La Universidad era del pueblo, autonomía, no-confrontación. Queríamos que fuera accesible, de calidad. La segunda parte de la huelga empezaba en días. Protestábamos en la avenida y parpadeamos.  Alguien debió haber traspapelado la pieza porque la policía apareció desde adentro. De momento todo fue la luz de las linternas y de los biombos. Había un ruido como de construcción: un motorcito de decir basta y váyanse. Trajeron una máquina para arrancar el portón de la Ponce de León. Mirábamos desde la otra acera y llorábamos. Por momentos la máquina se atascaba. La operación tardaba tanto en reanudarse, era tan torpe todo, que de momento se nos secaban las lágrimas, se nos olvidaba lo que estaba pasando y nos pasábamos chistes. De momento se hacían el ruido y las luces. Nos abrazábamos de nuevo.  Esa noche, después de compartir “te amos, “lucha-sí” y “hasta la victoria siempre” con el grupo más grande, Guillermo y yo decidimos no soltarnos. Justo ahora me doy cuenta de que casi ninguna de las que estuvo compartiendo esa acera con nosotras se quedaron. Todavía viven en la Isla, pero no.

Hoy me horroriza pensar en la cantidad de portones que cabrán en la suma de los días, en 524 años y contando, en 29 minutos de libretos transparentes y televisados

Mi compañero y yo pronto cumplimos aniversario. Seis años. En tiempos como estos el amor solidario es un milagro. Escribo con una mano mientras con la otra acaricio su cabeza. A veces jugamos a que somos parte de una pieza que consiste en intercambiarnos líneas y gestos para salir corriendo a aplaudirnos. En esas escenas somos muy felices y nos amamos. Otras veces nos inunda la sensación de que vivimos atrapados en una obra donde todas somos secundarias o bastidores. Pienso en la utilería barata y en lo difícil que es esperar sentada para cualquier cosa. Hoy nos toca salir al escenario también, pero para destrozarlo: unirnos a otras para robarnos las tablas, las líneas y la luz también, si es preciso.

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por Ariadna, en Londres.

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