supera aquello: el desgaste del placer

-Sofía Gallisá Muriente

Emergencia, el documental más reciente de Gisela Rosario Ramos, sobre la banda de culto puertorriqueña Superaquello, abre con una advertencia a los “fanáticos empedernidos”: “este documental no es una película biográfica”, no “usa sus videos de música para contar su historia emocional” y “posiblemente termines decepcionado”. Esta declaración preventiva, contra las expectativas de la fanaticada y las formas glorificantes del cine documental, contra la lógica del aplauso, los likes y la manita por la espalda, abre una conversación difícil sobre arte, amistad y ambición. Esta reseña también surge de un amor profundo por la música y la película, pero tiene más que ver con las personas y emociones que complican la memoria. Emergencia es, a fin de cuentas, un ejercicio de recordación a destiempo; tierno pero disperso, engañosamente familiar pero cargado de sorpresas, un poco como la música pop/electrónica/experimental/folklórica que distinguía a Superaquello.

La directora, que también filmó, editó, produjo y ahora está coordinando la distribución (más por necesidad que por decisión) se posiciona en los primeros tres minutos como autora y agente de la memoria. También sabemos que hoy día toca en los mismos circuitos under/queer/raros locales en que tocaba Superaquello, con su banda Macha Colón y los Okapi. Además de hacer cine y música, dirigió por los últimos tres años uno de los centros culturales más vitales de San Juan, la Casa Cultura Ruth Hernández en Río Piedras. A diferencia de la fanática empedernida (incorregible, recalcitrante, inflexible) Gisela era la “fan #1” de Superaquello; la primera y mayor alcahueta, la amiga gritando en cada show, la testigo y guardiana de secretos, grabando ensayos, conciertos y siguiéndolos en gira con una cámara, “segura de su éxito comercial”. No existe ninguna escena independiente sin la figura de la amiga alcahueta, que da pon y consejos; que documenta hasta el show apretujado entre libros de Borders y luego la llevan backstage al show en el Coliseo. Su mirada es la de la cámara en esta película, y su voz aparece de vez en cuando cerca del micrófono dando terapia, riéndose o incomodando para la posteridad. La banda, que se separó en 2010, la conformaban al tiempo de la filmación Eduardo Alegría (voces, piano), Francis Pérez (voces, guitarra), Patricia Dávila (voces), Pablo Santiago (teclados, programación) y Jorge Castro (guitarra, bajo).

”Estar cerca de ellos era divertido pero frustrante” dice la narradora en pantalla, mientras la banda ensaya uno de sus éxitos, “pero quizás la memoria me falla”. Entonces, se distorsiona el sonido y la imagen, se pixelea y se tranca el video; tecnologías obsoletas que no sobreviven el trópico se desgastan en formas poéticas para pensar la memoria y el olvido. Ese gesto formal es un elemento recurrente a lo largo de la película, que deja rastros de imágenes como fantasmas. La baja resolución no es un filtro fetichista, no está en negación de sus imperfecciones, ni aspira a ser otra cosa. Es una estética que asume su circunstancia, que reconoce el error, el tiempo, la imperfección – y los aprovecha. Aquí, donde la calidad del cine nacional se mide a menudo por el valor de producción, usar estas cintas viejas es un atrevimiento y una provocación. Desde ahí asumen su libertad simbólica, sin ataduras a las expectativas de nadie.

Gisela me aclara, cuando le escribo unos días después de ver la película diciéndole que quiero reseñarla, que el título del documental no viene únicamente de la canción de Superaquello ‘La Emergencia’, sino que es una referencia al concepto científico que describe la formación de comportamientos colectivos. Emergencia es lo las partes de un sistema hacen juntas que no harían por separado, y lo que hace el sistema gracias a su relación con el ambiente que no podría hacer solo. La palabra permite estudiar un bosque distinto a cómo se estudian los árboles; permite observar a mayor escala. La banda opera de manera similar; lo que Patricia Dávila describe como sistemas son las relaciones creativas codependientes entre los integrantes, que por años sustentaron sus aspiraciones y neurosis particulares. La cantante de Superaquello y bailarina experimental, que en el documental tiene el desenlace más misterioso, explica: “se mezclan unas inseguridades intelectuales y artísticas, y uno se pregunta ¿qué pasaría si yo no tuviera a ninguna de esta gente? ¿yo sería capaz de hacer algo?” En otro momento, Francis Pérez, guitarrista, compositor y psicólogo clínico, se pregunta similarmente si es inmaduro soñar con vender sus canciones íntimas y personales, que no han sido pensadas para otros.

Cuando vi la película en su estreno, durante el último festival de la Asociación de Documentalistas de Puerto Rico en septiembre, la pantalla inflable y las ráfagas de viento daban la impresión de una imagen palpitante. El patio del archivo nacional estaba lleno de fanáticos, manejando todo tipo de emociones sobre una película que estuvo en producción por años largos y se conocía como rumor. Llovió por unos minutos y nadie se inmutó. Hubo momento para risas incómodas y cómplices. Eduardo Alegría, cantante y compositor de Superaquello y ahora de Alegría Rampante, le explica a un periodista durante la gira que filmó Gisela que “this is not really funny, and if you think it’s just funny you’re not listening”. Eso es verdad para el documental tanto como para la música de Superaquello. Entre imágenes interrumpidas, Emergencia también deja espacios que se llenan con nuestras propias memorias. De repente reconoces la parte de atrás de tu cabeza en la esquina de una toma, bailando con aquel nene que te gustaba en aquel show del que todavía guardas flyers. Entonces, una memoria arrastra otra hasta que pierdes el hilo de la película.

Asimismo, aparece en un momento la banda bien vestida e iluminada, en un video de música indie/elegante. Se interrumpe el sonido de la canción melancólica y nos quedamos con el sonido en vivo de la filmación; gente riéndose y desconcentrada, incumpliendo las instrucciones de la amiga/alcahueta/directora. Superaquello aparece a veces atrapado entre la pretensión de ser cool y la desilusión ante la falta de ambiente que los acoja, bandeándose entre la confianza de saberse buenos y la inseguridad debilitante de saberse solos. “Aquí no hay departamento de quejas. We are on our own.” comenta Pablo Santiago, que lleva las minutas en una reunión de la banda, a un grupo que le encantaría tener con quien quejarse que no fueran ellos mismos. El tecladista y programador, que llenaba la música de Superaquello con sonidos misteriosos, eventualmente se fue del país para no volver; otra emergencia con la que tuvo que bregar la banda. Gisela aparece con ellos años después viendo ese pietaje, mirándolos mientras se miran. En un pasado que parece lejano, les pregunta “¿Cuál tú crees que es el futuro de Superaquello?” Francis, “el almirante lento”, especula desde otra escena que “lo más que podría suceder, y siendo bien positivo, es que después que uno cree diferentes bolsillos en diferentes lugares es posible que después aquí digan ‘Ah, mira, estos son los profetas’. Puede. Y uno nunca sabe.”

Uno de los conciertos más grandes que tocó Superaquello, auspiciado en parte por Kotex, fue cuando junto a Circo le abrieron a Café Tacuba en el Coliseo Roberto Clemente. En la conferencia de prensa la productora casi olvida sus nombres, y la noche del show el sitio se quedó vacío. Fue un desastre bajo cualquier estándar comercial, pero también fue hermoso. Entré a la universidad gracias a un ensayo que escribí sobre esa noche en el coliseo vacío, con mis bandas favoritas y un puñado de gente en arena moviendo las sillas para poder bailar. En el documental aparecen nerviosos, calentando antes de subir al escenario. Eduardo mira a la cámara y confiesa: “Yo, lo único que me tiene malo, no es que haya poca gente ni nada, es que yo quiero disfrutarme esto. Yo no quiero irme en la neurosis esa que a veces yo me voy, de trincarme. Yo quiero gozármelo. Y voy a hacer lo que yo pueda para gozármelo”.  El gozo poderoso de los que vimos a Superaquello en vivo y continuamos escuchándolos es difícil de apalabrar, pero aún sirve para amortiguar los golpes cotidianos. Emergencia sugiere que el objeto de nuestro amor es un grupo de personas para quien gozar fue una decisión y una afirmación. Después de cuatro discos y más de doce años tocando, quedan las memorias y se les ve en el jangueo, como todos, jodidos pero contentos.

Todos los que hacen con poco o nada saben que persistir es un acto de amor; hacia sí mismo y hacia una comunidad, la escena en este caso, que exige mucho y rara vez recompensa. En el trayecto aparecen tensiones y egos, afloran las dudas y se juzga con estándares más altos a quien uno mejor conoce. No está garantizada la emergencia, y no queda claro qué hacer si no se emerge. ¿Hasta cuando se insiste? ¿Qué pasa si nunca se logran abandonar los trabajos en la industria de servicio, si hay que entrar a la academia o montar un negocio para seguir haciendo? En esta isla en crisis permanente, defender el placer de lo inútil es resistir, y se genera poder al bregar con lo que haya y con quien se apunte, construyendo autonomía desde las juntillas. Superaquello y Emergencia son resultado y evidencia de estas negociaciones. Hecho con el pietaje que sobrevivió el olvido, el hongo, la falta de fondos y la falta de tiempo para proyectos de los que no se vive, es cine urgente y personal, hecho por menos de lo que gasta Fast and the Furious en un día (a menos que se cuente el in-kind). Es una combinación azarosa de momentos que, lejos de una narrativa heroica, recuentan la vulnerabilidad de un grupo de artistas que aspiran a superar su escala de isla y su condición de marginales. El debate sobre los méritos y posibilidades de vivir del arte y no solo del invento sigue generando más preguntas que respuestas.

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foto por Sofía

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