cardenalitas

-Beatriz Llenín-Figueroa

En los últimos años, me he propuesto intentar ciertos principios budistas. Resumo uno de ellos  –como lo hacía un disquito que me regalaron hace años con meditaciones guiadas– con una metáfora bien chisi. Hay un pajarito en la rama de un árbol junto al río. El pajarito contempla muy atento y registra en la conciencia el paso de la vida y la muerte en la corriente, sin intentar intervenir en lo que no puede. Si logras ser el pajarito, estás presente, fully aware.

A nadie le importa, ni tiene por qué, este cuentito bobo de mi intimidad. Solo lo comparto para contextualizar mejor mi relación con “la época” que en estas semanas corre en Puerto Rico. Desde noviembre, empiezo el sonsonete en mi cabeza, pajaritoríopajaritoríopajaritorío. ¿Otra vez conflicto, tensión, bochinche, estrés des-familiar? Pajaritorío. ¿Otra vez la meta es cuántos cachivaches puedes comprar, regalar y recibir en el menor tiempo posible? Pajaritorío. ¿Otra vez la religiosidad cristiana in extremis comulgando en todas las esquinas con el let it snow, la barriga y la barba de rojo, el carruaje de venados y la zanahoria plástica en medio de un muñeco de… plástico? Pajaritorío. ¿Otra vez el asfixie de ser atea, budista, panteísta, animista, agnóstica o uarever en medio del atosigue del ‘verdadero sentido de la navidad’? Pajaritorío. ¿Otra vez se arman los trabucos de toda “transición” mientras nosotras estamos encandiladas saludos-saludos-hermoso-bouquet? Pajaritorío.

Este año, país que me duele, ¿en serio nos vamoatóa con las navidades? No puedo emitir juicio certero sobre el desempeño de los moles y las cadenas multinacionales, pero a juzgar por las imágenes captadas por mi pajarito desde la PR-2 y la PR-52 en los últimos días, nos hemos ido, si no atóa, al menos a bastante. Tampoco creo que nos hemos librado de la nieve en el trópico, ni de las invocaciones tan intensas como huecas sobre el ‘verdadero sentido.’ Y ni qué hablar de las tensiones des-familiares, en brote nomás asomarse noviembre.

He preguntado por ahí para desmentir o confirmar mis sospechas. No han sido pocas las que me ripostan, no mija no, las cosas ahora son bien distintas; estas navidades están bien apagás. Pero, esa apreciación no se refiere a nada de lo anterior, sino a que la gente, quien escribe incluida, tiene menos ímpetu de fiesta. Busco y rebusco, mas entre los ítems de mi listita sobre todo lo insoportable de las navidades en Puerto Rico, no encuentro por ningún lado la pasión de un jolgorio para doblegar la garra del capital. Si esa pasión también nos la ha arrebatado el 2016 en este archipiélago espantado, ahora sí que no hallo consuelo.

Desde que me regalaron aquel disquito, he deliberado sobre la pregunta política en el budismo. Habría que saber distinguir entre las veces en que el pajarito debe quedarse en la rama y proceder según indicado y aquellas en que debe volar al río para agarrar uno que otro palito con que hacer su nido, ¿no? En este caso, postulo como urgente necesidad seguir volviendo la pasión del jolgorio un arma política, impulso que une al Caribe todo: bomba y plena para imponerse a la abyección de la esclavitud; azúcar vuelto motivo de placer en exclamaciones salseras; salir de las marquesinas y llegarle con los panderos y el meneillo a la manifestación y al piquete. Que el 2017 en Puerto Rico esté lleno de vuelos de la rama para armar la fiesta dondequiera que los expertos se juntan y transicionan. Que sean ellos los que se desangren. Seamos nosotras las cardenalitas. ¡Feliz año nuevo!

imagen-cardenalitas
tomada de internet, alterada

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