cuando decimos que hacen falta

-Beatriz Llenín-Figueroa

Por mucho tiempo de niña y adolescente, yo también pensaba –porque a mí también me enseñaron– que pedir en la luz o en la acera era un ñame, la vía fácil.

Por mucho tiempo de niña y adolescente, yo también pensaba –porque a mí también me enseñaron– que las mujeres embarazadas nunca jamás, bajo ninguna circunstancia, debían abortar.

Por mucho tiempo de niña y adolescente, yo también pensaba –porque a mí también me enseñaron– que los caseríos estaban cundíos de gente vividora, robachavos.

Por mucho tiempo de niña y adolescente, yo también pensaba –porque a mí también me enseñaron–  que toda persona que decide suicidarse es egoísta y cobarde.

Por mucho tiempo de niña y adolescente, yo también pensaba –porque a mí también me enseñaron– que un cuerpo que muestra los efectos de la pobreza y la intemperie es siempre, primero y por defecto, un cuerpo a temer, mientras que un cuerpo que muestra los efectos del buen comer, el buen dormir y el buen vestir (aunque sea a fuerza de endeudamiento) es siempre, primero y por defecto, un cuerpo a respetar.

Por mucho tiempo de niña y adolescente, yo también pensaba –porque a mí también me enseñaron– que un cuerpo negro o tirando a negro es siempre, primero y por defecto, un cuerpo a temer, mientras que un cuerpo blanco o tirando a blanco es siempre, primero y por defecto, un cuerpo a respetar.

Por mucho tiempo de niña y adolescente, yo también pensaba –porque a mí también me enseñaron– que un cuerpo vestido, caminado y actuado de manera distinta a lo que se supone dicte su fisionomía externa es siempre, primero y por defecto, un cuerpo a temer, mientras que un cuerpo vestido, caminado y actuado conforme a lo que se supone dicte su fisionomía externa es siempre, primero y por defecto, un cuerpo a respetar.

Cuando escribo, “a mí también me enseñaron,” no me refiero necesaria o únicamente a la gestión directa de unas personas en particular (madres y padres, por ejemplo), sino a una estructura de percepciones y sentimientos que permea y organiza la vida social. En ella actúan los libros o periódicos que se tienen al alcance, los medios de todo tipo, los comentarios debajo de una noticia o de un post, las instituciones a las que se nos inserta y a las que no, las cápsulas noticiosas y de mercadeo, los programas de opinión y las series televisivas, la organización de los espacios y los tiempos, la colocación de verjas y alarmas, la arquitectura de un tipo u otro, los comentarios en la oficina de un médico o en la de un barbero, lo que te gritan en la calle, la predicación desde un púlpito, los libros en el currículo, los comentarios de un maestro, las impresiones de una abuela, y un sinfín de tales instancias, desde las más pequeñas hasta las más monumentales. Ante todo esto, una puede tener las madres o los padres más comprometidxs con la justicia y la equidad, ¡y aun así, salir mal educada!

Por eso, al enfrentarme al constante, penetrante y opresivo ruido que responsabiliza a lxs estudiantes en huelga por la situación que enfrenta la UPR (a veces también lxs responsabilizan por la que atraviesa el país, pero esa la dejo para otro día), no siento exactamente sorpresa, aunque sí un desconsuelo imponderable. No siento sorpresa porque este ruido es consistente con lo que, como colectivo social, hemos aprendido y procedemos a aplicar en cualquier dirección que sea tan, o más, vulnerable que el yo que la enuncie: son una partida de vagos que la quieren fácil; que no quieren estudiar y pasar trabajo porque lo que quieren es armar revolú pa parisiar; que estar en los portones es un ñame; que se creen que tienen autoridad y son unos peleles; que son un chorro de vividores manteníos; que tú no has visto cómo se visten y que apestan y que no se peinan.

Mi desconsuelo, sin embargo, se torna en furia cuando quien dedica horas propias y ajenas a decidir sobre la deseabilidad de la huelga ya sabe que la línea anterior de argumentación falta a cualquier verdad. (Una vez se ha estado en los portones con esas muchachas que hacen casas debajo de un pedazo de lona; que se rotan el uso de una ducha; que se enchumban bajo el aguacero de día y, peor, de noche; que se apuntan a unos diálogos que duran horas interminables para presentar, debatir y decidir propuestas; que le ofrecen a una –que llega bañadita y comidita al portón– la comida que cocinan con donaciones; que quieren y gestionan clases en los portones sobre las múltiples cabezas que enfrentamos, se vuelve imposible defender que estar en los portones es un ñame y que lxs estudiantes lo que quieren es parisiar.) Se vuelcan entonces a oraciones que siempre comienzan con: “hay que;” “lo que se debería hacer;” “se debe;” y así por el estilo. Su destreza para encontrar cualquier giro lingüístico del castellano que evite un sujeto –yo, por ejemplo– en la oración es de admirar.

Cuando decimos que hacen falta otras estrategias, en mi experiencia, ni lxs estudiantes en los portones ni aquellxs que apoyamos su gestión con acciones concretas saltamos a acuartelarnos en “la huelga” como única y superior y endiosada y más legítima estrategia. Tampoco hemos dejado de colaborar en acciones complementarias y simultáneas. Nadie que esté viviendo en el Puerto Rico asediado, a duras penas sobrevivido, de hoy, puede negar la deseabilidad de todas las estrategias de resistencia. Lo mismo, sin embargo, no puede decirse a la inversa. La ira contra la huelga es de armas tomar. Para eso sí hay muchos yo. Y acciones concretas.

Escribe mi amiga Anayra Santory Jorge: “Los estudiantes no son nuestros enemigos y mucho menos lo son del país, estemos o no a favor de sus estrategias. La universidad está para educar a esas 60,000 personas y a las que nunca logran llegar.” Y también: “Solo los estudiantes han propuesto una forma de concertación amplia (la Asamblea Nacional) y de oposición (los paros y huelgas). La última es costosa, peligrosa para ellos y la institución, y también muy preocupante para el gobierno a juzgar por todos los esfuerzos públicos para desalentarla.” Añado yo: son lxs estudiantes quienes se han metido a hacer letanías y coros en el Banco Santander, quienes han llegado a coger palos y gas pimienta al Capitolio, quienes hacen Asambleas de horas y horas para decidir su gestión, quienes ponen sus cuerpos frente a los carros que les embisten, quienes son secuestradxs por agentes no identificados y metidxs en un toyota corolla como el suyo o como el mío. Estas son también “otras estrategias.”

Cuando decimos que hacen falta otras estrategias queriendo decir, en verdad, que nos oponemos con virulencia a la huelga, el problema sigue sobre la mesa: ¿quiénes son los yo para las otras estrategias? ¿Dónde encuentro las acciones concretas en pos de las otras estrategias?

Por favor, envíeme a algún lugar que pueda, con mis manos, tocar, y con mis ojos, llorar. Envíeme a algún lugar que me conmueva en el cuerpo porque demuestra que la especie humana, aún, vale la pena. No me envíe, por nada del mundo, a Facebook.

Por lo pronto, cuando decimos que hacen falta… ¡pongamos nuestro nombre y hagamos otra lista!

Imagen_Cuando decimos que facen falta
En el portón de Biología, hablando sobre el fin de lxs patriarcas. Derechos libres. 

3 comentarios en “cuando decimos que hacen falta

  1. Comparto este mensaje que expresa lo que yo también experimente en mi vida: la justificación de la desigualdad, el elitismo, el clasismo, el racismo y todos los ismos que perpetúan esta sociedad de opresión que vulnerabiliza a la mayoria de los humanos y humanos.
    Gracias a que otras personas, grupos e instituciones me abrieron la mente y el corazón y ahora estoy en la otra orrilla.
    Gracias Bea por esa excelente reflexión!
    Mis respetos y te venero!!!

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