con la sagrada resistencia

-Beatriz Llenín Figueroa

 

En la playa, la música a tó fuete no para por nada ni por nadie.

Hasta que llega el bautismo en el agua.

*

Aparecen con aires etéreos y túnicas blancas. Por debajo, mahones, camisas de botones y blusas drapeadas. Zapatos cerrados o sandalias doradas, con brillitos. En la playa.

El patriarca a nuestra derecha ordena a su familión que apague la música porque mira, ellos van a hacer algo serio. Decreta que los niños han de salirse del agua para dejarles el espacio a los de blanco. Guardan silencio y se aprestan a contemplar la escena sagrada, apertrechados con barbiquiú y hamaca.

Del otro lado, comienzan también a enderezarse las caras en respuesta a ese algo que se traen los de blanco. Aún nadie entiende qué es el algo, pero los de blanco siguen llegando, juntándose, haciéndose con el proscenio costero sin prisa, pero sin pausa. Hay blower y maquillaje de por medio; las túnicas cubren cuerpos desde cincuentones hasta adolescentes; una parte del grupo –que no lleva túnica mientras hace esta labor– monta casetas, mientras otra, arma el sistema de sonido inalámbrico en una mesita plegable.

Búm. Aquí hay tremenda puesta en escena. Pero, nadie se concibe actor.

Aun así, al parecer su pieza comanda, de facto, la traslación de una playa a un templo. Toman el espacio público porque sí, con la autoridad que les confiere su noción de sí mismos, los de blanco. Exigen –y logran– el protagonismo de su congregación.

Entonces, comienza el bautismo. Ahora es solo su música sacra la que escucha toda la costa. Entran y salen del agua, con todo y mahones y sandalitas doradas, a gritos e imprecaciones. Se le solicita a las y los congregados en la costa despedirse del antiguo fulano y aprestarse a saludar al nuevo mengano. El pastor aprisiona contra su propio pecho la cabeza de cada uno de los de blanco, pronunciando con íntima pasión una ristra de profecías que no alcanzo a escuchar. Luego, les sumerge.

En la mano de un hombre, haber sido quien fuiste constituye una humillación. En la mano de un hombre, poder hacerte de nuevo es posible. En la mano de un hombre, la entrega total de no sé cuántos proyectos de vida y de no sé cuántas economías familiares.

La pieza dramática se extiende por más de una hora. Solo nosotras –mi hermana, mi madre, mi esposa y yo– permanecemos dentro del agua, negándonos a regalarles la playa, pero con la pausa tan ansiada de dos o tres horas secuestrada por la policía del espíritu. Si no fuera por el adolescente descamisado que pasa por la orilla jineteando a pelo un caballo de triste apariencia, y por la gringa que pocos minutos después se pasea en la otra dirección, perdida, con la piel llena de salpullido y la cara arresmillada por el sol, se me habría olvidado que seguía en el Puerto Rico bullanguero e irreverente que más me enamora.

Poco después, nos damos cuenta que las casetas que tomaron casi una hora en armarse, cumplen el único propósito de que las mujeres bautizadas puedan cambiarse de ropa con el pudor que “corresponde” a su género. Yo había pensado que harían un campamento de conversión y avivamiento. Qué va. Para las incomodidades y los riesgos de una caseta plástica en el trópico, en este país solo se apuntan lxs estudiantes.

*

¿Qué constituye lo sagrado? ¿Por qué la toma intempestiva de la playa por parte de un grupo religioso merece de facto –a pesar de todos nuestros desacuerdos de método y de concepto– el silencio, la otorgación del espacio, el respeto ante “algo serio”, la falta de oposición? Pero, ¿no merecen lo propio los cuerpos pequeños, sin túnicas, pero con sueños, que levantan pancartas hechas con pintura regalada para decirnos, por si aún no nos hemos dado cuenta, que nos están aniquilando el país?

¿Alguien que esté leyendo esto puede dudar que, si hubiese llegado otro grupo de gente a la playa, con todo y túnicas blancas, y hubiese montado la misma puesta en escena –la misma–, pero con consignas de lucha contra la Junta y sus secuaces en vez de música sacra, con una ristra de datos y análisis de la coyuntura actual en vez de imprecaciones a jehová y apretones de cabeza en pecho, y con casetas para grupos de discusión con las presentes en vez de cambios de ropa para las mujeres de cristo, la reacción de las personas en la playa hubiera sido muy distinta? ¿Se hubiese considerado esa puesta en escena como algo serio a lo que ofrecerle espacio porque su sagrada urgencia no admite oposición?

Por un lado: el secuestro posible de un alma por el diablo. Por el otro: el país entero –universidad, bosques, playas, todo– se nos arrebata a manos llenas. Y el país, profundamente dividido (¡y qué bueno que hay disenso!) sobre los métodos de lucha para salvar el alma del diablo o el país entero de la mismísima legión de la muerte, decide que el único escenario digno del más profundo respeto y solemnidad es el primero (alma-diablo), estemos o no de acuerdo. El segundo merece, si no lo estamos, toda la violencia verbal, espiritual y física que no se lanza contra los responsables, contra las causas.

En este país, defender el alma del diablo, usando cualquier estrategia, es respetable de por sí, no questions asked. Defender el país de su desaparición, usando tradicionales estrategias de presión política, es indigno, equivocado, ingenuo, all questions asked. Supongo que para quienes están convencidos, a clavo pasao, de lo primero, el diablo no es, ni puede ser nunca, una alegoría, pues no se me ocurre diablo más malo que el imperialismo, la junta y el gobierno colonial.

Ante tal desproporción, una quiere sumergirse en el agua, sí, pero no para salir nueva, sino para buscar ciudadanía en otro país allá abajo, con la sagrada resistencia de los corales.

Imagen_Con la sagrada resistencia.jpeg
Foto de Christopher Powers

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