fuegos, chispas y las turbas

-Ariadna Michelle Godreau Aubert

A Guillermo, Bea, Vanesa y a todas las turbas, en nuestro aniversario

“Me he pasado los últimos años buscando casa” es otra manera de decir que he pasado los últimos años buscando razones por las que quedarme en un lugar.

Quien busca hogar busca lar, que es también buscar el fuego. Por vivir en una isla tropical mis relaciones con el fuego son limitadas, complejas. No conozco la nieve o las chimeneas. Solo he visto cuatro hogueras en la vida real. Acá decimos fogatas.  Colecciono velas de olor para sorprender a las personas que vayan a casa. Luego se me olvida prenderlas. Dejé de fumar hace cuatro años. Antes de eso definía la tragedia como tener encendedor pero no cigarrillos. Mi abuela murió por un fuego en su apartamento. Fue un cortocircuito. No se quemó. Murió asfixiada.

De ahí, nace un miedo irracional a la candela, a las alarmas, al humo. Hace una semana descubrí que el olor de algo que se quema puede atravesar dos urbanizaciones, una avenida, un edificio, dos puertas y despertarme. Mi relación con algo que se quema es sinestésica. Mi relación con el hogar es “cuidado”.

Hago un inventario rápido de cosas que podrían prenderse a la menor provocación: la plancha que nunca utilizamos, la estufa que se queda prendida, un abanico de techo, un calentador demasiado viejo, tantos libros, el carro. Todos los días. Y no soy solo yo. Si lo piensas, todo el tiempo algo está ardiendo en algún lugar. Sólo que no te invitan. La mayoría de la gente que es convocada por razón de un fuego viene llamada a apagarlo.

Pero una chispa es otra cosa. En relación a la casa, una chispa es el huequito para mirar en la puerta. En este ejemplo la puerta da para ningún lado. Es un lugar. Podemos vivir en la puerta de. Por la descarga luminosa a. Una chispa es la promesa guardada de que algo que arderá no será nunca el fuego. Mi abuelo me atrapaba cucubanos en un potecito de cristal. La casa donde vivía cuando yo era pequeña le sobrevivió. Quienes la viven nunca prenden las luces en la noche y esa me parece la mayor de las crueldades.

Tengo 31 años y varias casas, todas menos una figurativas. Nuestro apartamento es pequeño y se llena de luz. Por lo mismo es un infierno en el verano. El mayor de mis fracasos es ver las trinitarias secarse sin remedio. Cuando huelo fuego agarro los perros y salgo corriendo por las escaleras. Cuando quiero llegar a un sitio digo el nombre de mi amado y aparecen como lucecitas en la pista de aterrizaje. Cuando veo a Puerto Rico desde un avión lloro. Cuando encuentro una pequeña luz la cuido. Quizás una de esas me lleva a.

Dos, pocas o más gentes sin-lugar pueden ser una conflagración. De una llamada a encontrarse puede salir una casa. En la oración anterior jugué con una palabra que contiene un aviso de candela. En la anterior a esa nombré el origen de los lugares a los que llego. Con, sin y a pesar de mi. También las llamé a ustedes, por sus nombres y sus luces, sin tener que hacerlo.

AhoraLaTurba nació de una chispa, de una descarga luminosa. Hoy, un año después, es una conflagración, una llamada. Lo que sucede aquí los miércoles- y los días antes, por caminos virtuales, con rabia y ternura- es una invitación a hacer hogar en una puerta y quedarse colgada de. Escribir aquí es un estallido, tronar y encandilarse.

Los fuegos tienen todos sus nombres. Sus nombres son los espacios de mi amor. Gracias por el hogar.

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imagen tomada de redes, manipulada

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